miércoles, 22 de marzo de 2017

Desjuiciada

Imagen Benoit Courti


Obedientemente, al llegar a su casa y como le indicaran, la mujer se cambió el tapón de gasas que presionaba la herida. Salió un manojo empapado de un carmín brillante. Un río tibio y dulce fluyó por su boca. Ya tenía listo otro montoncito de compresas que aplicó con cuidado y sostuvo apretando las mandíbulas. Dejó pasar media hora y repitió la operación con el mismo resultado.

Cada tanto separaba los labios y el espejo le devolvía unos dientes de vampiro que acababan de morder a su víctima. Con un hisopo intentó inútilmente limpiarlos sin abrir demasiado la boca. Un hilito ya se le escapaba por una comisura. No debía ni escupir ni agacharse ni hacerse enjuagues o buches.

El riachuelo manaba suave y sin pausa, encharcando la cavidad bucal. Inclinó apenas la cabeza y un surtidor, de un rojo impertinente, desbarató la blancura del lavatorio. No hubo merienda ni cena, solo algunos sorbitos de agua corrompida por el gusto de la sangre.

Casi había agotado el stock de gasas que, famélicas, absorbían el rico jugo que brotaba de lo que parecía un cráter. El festín de Drácula seguía.

Llamó por teléfono para pedir instrucciones. Oyó el ring-ring que se prolongaba hasta un corte brusco. Ni el contestador salta, pensó ella, que se había acomodado el enorme tapón para emitir algún sonido coherente.

Y así hasta que llegó la noche.

Respiró su propio miedo, se vio pálida, puro ojos, los labios salpicados con grumos que se iban secando. Se recostó en varios almohadones, la cabeza erguida, rodeada de pañuelos de papel, las gasas restantes y un tazón como receptáculo de su líquido esencial. No apagó el velador; la soledad le dio un mordisco y le expandió la sensación de que era la única sobreviviente de un mundo en ruinas. Pronto también el dormitorio se derrumbaría.

Imaginó sus venas cada vez más finitas y se preguntó qué color toman las venas vacías. Le costaba mantener las mandíbulas tensas, le dolía el cuello, pero si las aflojaba y entreabría los labios se le meterían esos moscardones que rondaban cerca de su cara. Intentó formar una barrera con las manos. De dónde vendrían si todos los vidrios estaban cerrados. Emitían un zumbido monótono, adormecedor y ella luchó para que sus párpados no se bajaran como persianas vencidas.

Cuando volvió a abrirlos el sol doraba las paredes. Tenía la boca seca, amarga, quitó las gasas amarronadas, con la lengua tanteó en la encía superior el hueco que había quedado después de la extracción de la muela del juicio. No dolía y la hemorragia había cesado. Volvió la mirada hacia la mesita de luz: allí estaba el tazón con la sangre y unos moscardones flotaban entre islotes de coágulos.




©  Mirella S.   — 2016 —







miércoles, 15 de marzo de 2017

Las sandalias de oro y los guantes de seda



a Amadî

El príncipe Orlando por decisión de su madre, la reina Alba, vivía en un palacio en el interior de una rosa. Siempre había sido un niño con una salud muy frágil y Alba consultó al hada protectora de esa comarca, quien le dijo que debía conducirlo al palacio de mármol blanco, construido en el centro de un capullo de rosa.
Si permanecía allí, el príncipe viviría sano y joven para siempre y también aquellos que lo acompañaran. Alba temía envejecer, por lo tanto estuvo de acuerdo con las indicaciones del hada. Pidió a su esposo, el rey, que ordenara trasladar la corte entera al palacio de la rosa. Él, con gran tristeza, le dijo que no podía traicionar la palabra dada a sus súbditos el día que fue coronado. Debía quedarse.
Alba siguió adelante con la propuesta del hada. Preparó a Orlando, eligió la comitiva que los acompañaría y el hada los condujo a su nuevo destino.

Los años pasaron, el príncipe crecía fuerte y hermoso y Alba estaba contenta porque no había perdido su belleza ni su juventud. El niño le hacía muchas preguntas sobre qué había fuera del palacio. Alba le contestaba siempre que era mejor no saberlo, allá todo era horrible y cruel. Orlando no podía imaginarse ese mundo desgraciado que le describía la madre, él solo conocía la belleza, los juegos, las fiestas y la comodidad.
Sin embargo, esa vida empezó a resultarle monótona.
Tomó la costumbre de mirar por la ventana de su cuarto, a pesar de que veía siempre el mismo panorama: los pétalos blancos que envolvían el palacio. Un día los pétalos se movieron, como agitados por la brisa y Orlando pudo ver a lo lejos formas y colores desconocidos. Después la cortina de cerró y la blancura acostumbrada rodeó el palacio.
Desde ese momento Orlando se sintió inquieto: pensaba incesantemente en esos matices nuevos. El mundo era algo más que el corazón de la rosa donde vivía. Y como no sabía qué era envejecer ni enfermarse, no tenía miedo a lo que pudiera ocurrirle del otro lado.
Harto de suspirar y mirar por la ventana, no escuchó las súplicas de su madre y cubriéndose con un manto, salió del palacio. Cruzó varias capas de pétalos y, por fin, se encontró afuera.

Al recorrer el mundo aprendió lo que era malo y lo que era feo. Pero también encontró belleza y bondad y cada vez que le pasaban cosas buenas, las disfrutaba más, porque había conocido las desagradables.
De tanto viajar el manto se fue deshilachando, tuvo que trabajar para comer y en sus manos aparecieron callosidades. Al cruzar un arroyo de aguas límpidas, se vio por primera vez desde que había dejado el palacio: ya no era tan hermoso y su pelo estaba salpicado de hebras blancas.
En uno de sus viajes encontró a un anciano acostado a los pies de un árbol. Parecía muy enfermo, Orlando le dio un poco de agua y se detuvo a cuidarlo. El viejo, de vez en cuando, abría los ojos y murmuraba una única frase: las sandalias de oro y los guantes de seda. Cuando murió, Orlando lo cubrió con piedras y ramas y prosiguió su camino.

Llegó a una ciudad con edificios altos y grises. Sus habitantes caminaban apurados, con la vista fija en los adoquines de la calle. Los días que no trabajaban se iban al campo con linternas, lupas, picos y palas. Se ponían a cavar y revisaban cada terroncito de tierra, una y otra vez. Orlando pensó que con esos pozos destrozaban la hierba y las plantas.
Se acercó a un hombre y lo saludó.
—Qué maravilloso atardecer, nunca vi un cielo tan transparente ¿no le parece?
—¡No estoy para perder el tiempo en esas tonterías! —contestó el hombre de mala manera.
—¿Por qué cavan esos pozos, qué buscan? —preguntó Orlando.
El hombre, sin dejar de remover el pasto, le contestó:
—Las sandalias de oro y los guantes de seda.
Orlando recordó las palabras del viejo moribundo y siguió preguntando:
—¿Para qué sirven las sandalias de oro y los guantes de seda?
El hombre se pasó un pañuelo por la cara húmeda de sudor y lo miró con desconfianza.
—No soy de este país y no conozco las costumbres —le explicó Orlando.
—Quien encuentra las sandalias de oro será poderoso y rico para siempre y si también encuentra los guantes de seda será eternamente joven y hermoso.
—¿Cuántos pares de sandalias y de guantes hay? —preguntó Orlando.
—Cada uno tiene su par de guantes y de sandalias, sólo hace falta encontrarlos.
—Pero si los encuentra ¿cómo sabe que son los suyos y no los de otro?
—Únicamente yo podré ver mis sandalias y mis guantes, los de los demás son invisibles para mí.
—¿Alguien los encontró? —quiso saber Orlando, cada vez más interesado.
—Sí, sé de un hombre que encontró una sola sandalia y de una mujer que encontró un guante.
—¿Y qué les sucedió?
—El que encontró la sandalia se volvió rico, pero no tenía poder, tampoco la juventud ni la belleza. La que encontró el guante sería eternamente joven, pero le faltaba la belleza y ser rica y poderosa.
—Y entonces ¿qué van a hacer?
—Continuaremos buscando hasta el último minuto de vida o por toda la eternidad, si fuera necesario. Nadie descansará hasta no tener completos el par de sandalias de oro y los guantes de seda. 

Orlando se alejó pensativo. Recordó a su madre, que para no envejecer, prefirió quedarse encerrada en el interior del capullo de la rosa y se dijo que él había hecho bien en irse por el mundo. Ahora conocía el egoísmo, la codicia, la mentira, también había hallado generosidad, amor, gente honesta. Había disfrutado de la magnificencia de la naturaleza y descubierto la alegría de ser libre. En muchas oportunidades tuvo que juntar coraje para enfrentar situaciones difíciles. Había aprendido bastante de los errores propios y ajenos.
Se fue rápido de esa ciudad tan triste, donde sus habitantes desperdiciaban la vida detrás de una obsesión.
Siguió viajando por el mundo con la mente abierta, serena, dispuesto a descubrir cada día algo nuevo que floreciera en su alma.



©  Mirella S.   

Ilustración: Arthur Rackham

Es de cuando escribía cuentos infantiles... en el siglo pasado.
Espero no se aburran.

Abrazos para todos.


lunes, 6 de marzo de 2017

Hálito de viento oscuro




El leitmotiv de un tiempo sin horas es doblar por algunos de los múltiples ángulos y enfrentar un túnel. Ella es un tizne más que se confunde con otros que se ignoran. En las primeras épocas captaba formas, a veces ojos en los que aún vibraba alguna llama o ya, irremediablemente, vueltos cenizas. De a poco, la fisonomía particular de cada uno, fue diluyéndose en deformaciones de materia muerta.

Sabe que también se desintegrará, es el destino de todos los que habitan el país subterráneo. Apenas si queda un punto, un rastro brumoso, una nostalgia de lo que han sido. Aquello que subsiste es el dolor, sus nervaduras no se alisan, al contrario, se engrosan e impulsan al desplazamiento por los túneles. El agobio del dolor marca la hoja de ruta a ninguna parte.

Moverse resulta mejor que estarse quietos en un rincón. En ese mundo se borran los deseos, pero en ella habita uno que le otorga un halo que en muchos se ha extinguido. Ella irradia una tenue aureola de esperanza, como una constelación turbia que se resiste  a desaparecer en la profundidad de la nada.

Por momentos se detiene para escuchar si le llega el eco redentor de su risa o el ritmo de sus canciones. Antes de que ella cerrara los ojos definitivamente, lo último que oyó fue su voz, como de vidrio quebrado, que le prometía remover cielo y tierra hasta encontrarla y llevarla de nuevo a la luz. Él utilizará su talento, cautivará a quien fuera con su música, extrayendo las notas más exquisitas que le abrirán todas las puertas.

En su deambular, ha encontrado una claridad impura que, trabajosamente, interrumpe la penumbra que ya la constituye. Aunque nadie hable hay reglas, advertencias que se conocen como si estuvieran escritas dentro de las sombras que son. Ella sabe que es un umbral por el que ingresan los nuevos y lo ronda con asiduidad.

En cuanto oiga las notas órficas del saxo, la melancolía de un blues, ella reunirá los retazos de niebla de la que está hecha y lo esperará del otro lado de la entrada.

Pero no hay relojes para medir el tiempo, es un segmento ininterrumpido, siempre igual a sí mismo.

Y antes nunca nadie ha salido.

Cuando en ese presente infinito comprende esa ley, decide apartarse del portal. Aún perduran en ella los restos de la posesión. Ya no lo ama, su único anhelo es irse y él, con su promesa la ha mantenido en un plano imposible de seguir sosteniendo.

No lo ama, no puede, no tiene con qué. No desde la agonía del recuerdo  —cada vez menos nítido— de su cuerpo, de su música que le extasiaba el alma.

Comienza a apartarse del hueco rojizo, busca los túneles más lejanos. Si él viene a rescatarla no la debe encontrar. Es solo un hálito helado de viento oscuro.



©  Mirella S.   — 2017 —





miércoles, 1 de marzo de 2017

Vicente Antón Vives: poeta




Hice el montaje de este video con el poema que Vicente Antón Vives (Tin) le dedica a otro amigo poeta, Manuel Martínez Barcia, fallecido hace dos años.

Un abrazo querido Tin.


 Manu-al del buen poeta

Te recuerdo y recuerdo tu nombre
en el reposo de los años bisiestos,
en las hojas y en las letras y en los libros
que inspiraban el amor imposible.

Te auguro como un comienzo
naciéndonos entre finales inertes,
minúsculo de versos y oraciones
brotando a ciegas de la nada.

Vuelves a todas horas y repito
el deseo imparable de parecerme a ti
en los ojos que lloraban por las lágrimas
de los más inocentes.

Eras de pájaros espesos y olvidados
y de golondrinas eran tus pies, y tu boca
era una jaula abierta al mar de los que creen
y enredada de orillas.

Una gruta de estalactitas escondiéndose del aire,
procurando alzarse entre las grietas del hombre.
Una gruta enrarecida y blanca como una neblina de cal
y de ensoñaciones. 

La larga e imborrable senda que camino
cuando quiero ser feliz al recordarte
entre mujeres rubias y mujeres de dientes blancos
como el beso del dolor en la mejilla,
y en la frente.

Te devuelvo al mundo de los creados
un día oscuro de Lunas y de sombras esparcidas.
Te devuelvo completamente limpio y desinfectado
y cubierto de esa capa finísima de niño bueno,
de soldadito de plomo sin guerra y sin traiciones,

para que sigas jugando conmigo a la muerte.


©   Vicente Antón Vives

©  Mirella S.   — 2017 —



miércoles, 22 de febrero de 2017

El tiempo perdido

Foto de Loomis Dean


El libro, como una cosa viva, cae de las manos del hombre y se desmiembra en rígidas láminas amarillas. Al agacharse para recogerlas sus rodillas crujen en un acto de protesta. Mira el título en la tapa: En busca del tiempo perdido 1. Su garganta produce el eco de una risa, no lo había leído.

Al dar vuelta la primera hoja descubre la dedicatoria, larga, escrita con una letra menuda, femenina. Necesita los anteojos.

A medida que avanza en la lectura, debe detenerse para desechar imágenes que se interponen, nublando las palabras. El libro forma parte de un pasado tan remoto, que los recuerdos surgen descuartizados, igual que sus páginas. No logra precisar en qué año ella se lo había dado y una ola de ira le pulsa en las sienes cuando ve que le auguraba un feliz año nuevo sin mencionar cuál. Acaso no se suele poner siempre una fecha debajo de la dedicatoria, claro, ella en todo fue distinta, no entraba dentro de los cánones esperables.

Apoya una mano en el pecho como para apaciguar la repentina opresión que se extiende y le corta el aliento. Me fijo en la fecha para escapar al contenido del mensaje, dice, mientras con el pulgar y el índice presiona sus párpados. Aunque no quiere plegarse a recuerdos, ellos vienen solos, el escrito les ha abierto la puerta. Allí están con su olor rancio.

Cuando ella le dejó el libro en el buzón, ni siquiera lo había abierto. Lo guardó en un estante alto de la biblioteca para que las telarañas lo vistieran con las babas del olvido. Tuvo que haber sido ese año nuevo, el primero que no pasaron juntos. El texto menciona la “crisis”, recién se entera que la consideraba una crisis. Él había sido bien explícito al decirle que no aguantaba más la situación. Las mujeres encarajinan todo. Ese tipo de mujeres, las inalcanzables, tortuosas, que levantan muros de silencio, de miradas evanescentes y comunicaciones lacónicas. Son resbalosas como anguilas y uno se queda con las manos deshabitadas, dice en voz alta.

Se acerca a una intimidad antigua, que duda haya existido. Antes de la ruptura, la había asediado como a una fortaleza inexpugnable, se sintió un invasor bárbaro, que con sus armas precarias, pretendía conquistar la ciudadela. Una y otra vez se había topado con un témpano imposible de derretir. Y a mí se me terminó helando el deseo, murmuró turbiamente.

No siempre había sido así, pero del período previo no guarda registro. ¿Cuántos años pasaron? Más de treinta, si la memoria no le falla. Hoy se entera de que él fue su gran amor, que no podrá olvidarlo jamás.

Jamás, que palabra presuntuosa, inexistente. Él tardó en disipar la delicadeza de sus facciones, devoradas por los ojos irrefutables. Una mañana, al despertarse, se presintió libre y se instaló en la gris y ordenada apariencia de las cosas. Esporádicamente iba de cacería de conejitas tiernas y superfluas.

Pasa la punta de los dedos por la página escrita. Ella, con su ambigua intensidad, le había arrebatado un largo tiempo. Cómo luciría hoy ¿con las mejillas craqueladas, el pelo color estopa, la espalda gibosa?

Qué importa, si ya está muerta para mí, exclama con esa vocación que ha adquirido de hacerse comentarios en voz alta. Mentira, de alguna manera se las ingenió para quedarse en mí. No se olvida ni se borra a quien se amó como se borra un nombre del pizarrón. En vano se intenta taparlo con otros.

Camina unos pasos hacia la ventana abierta de noviembre. Se asoma, con un gesto brusco, imprevisto, como si el brazo no le perteneciera, tira el libro al vacío.



©  Mirella S.   — 2017 —



martes, 31 de enero de 2017

Desencuentros

"Relativity" dibujo de M. C. Escher


Él y ella caminan apenas rozando el suelo, porque sus mentes vagan en otras dimensiones de sí mismos. Recorren las geometrías cóncavas y convexas de Escher, suben o bajan por escaleras que no conducen a lugares definidos, son puentes hacia nuevos dédalos.

Se cruzan de vez en cuando y, en ese momento, por un lapso brevísimo, algo se expande o se dilata como una burbuja que crece y después, ante la levedad de un soplo, se evapora. Es la intuición de un encuentro que no se produce: mientras uno sube, el otro baja y cada uno es fiel a su elección.

Ella tiende a bajar. Él, por el contrario, trepa por los peldaños, atraviesa corredores que lo empujan hacia arriba. Sin embargo, no están seguros si suben, bajan o van en las dos direcciones, de otro modo no se cruzarían.

Son visitantes de un ámbito escalonado donde no prima la materia con sus egoísmos, enfermedades y deseos que la consumen, la fagocitan. Tampoco son espíritus superiores, acarrean sobre sus espaldas miserias diferentes.

Él despliega en su mente banderas revolucionarias, utopías desgarradas y vueltas a zurcir. Tiene el corazón surcado por cicatrices y cansancio.

A ella le gusta asomarse a un pozo sin fondo, con su caña de pescar verdades que, con el tiempo, va descartando una a una y flota como un ectoplasma en una búsqueda encarnizada.

Cuando se cruzan, no se miran, pero se reconocen. Ella lo percibe como un apócrifo Cristo Pantocrátor bizantino. Para él, ella es una diosa pagana inaccesible, igual que una estatua de granito.

No permanecen siempre en el laberinto, viven también en el exterior. Allí sonríen, hablan, ejecutan tareas, le dan permiso a la carne para que exprese sus necesidades. Acarician, se dejan acariciar, gozan a través de los sentidos. Ella se deleita con uvas moradas, huele nardos; él paladea vino añejo, mira los matices del crepúsculo.

Alguna vez creen haberse visto en medio de la multitud, en la calle de cualquier ciudad. Ninguno de los dos se ha dado vuelta para cerciorarse. Saben que se toparán en algún recodo de los pasillos o en el rellano de ese palacio hecho de escaleras, él subiendo, ella bajando. O al revés.



©  Mirella S.   — 2017 —





martes, 24 de enero de 2017

Mecanismos



Entonces el psicólogo dijo que tus mecanismos de defensa son típicamente anales. Estás pagando a uno que dice lo que me cansé de repetirte: que sos una culo fruncido.

Solo fui al colegio primario, pero tengo años de experiencia y un buen ojo, además de haberte criado. A ver si entiendo… ajá, en psicología el significado es otro, que en los primeros años este mecanismo es positivo, necesario y se refiere al aprendizaje de empezar el control sobre ¿los qué? ah, los efínteres. O sea, traducido al buen criollo: cagar solita.

No me hagas acordar el trabajo que me diste. Estabas sentada en la pelela* por horas, te masajeaba la pancita y no salía nada. Únicamente largabas todo dentro de los pañales.

¿Que yo era absorbente, invasiva? ¡Mirala a la chica, ahora la culpa de que resultaras estreñida la tuve yo! Que no te dejé ser independiente y te sentiste avasallada por mi autoridad… de lo que me vengo a enterar ¡fui una sargentona! ¿Olvidaste la cantidad de enemas que te ponía y apenas soltabas unas piedritas miserables? Si te las mostré fue para que tomaras conciencia de lo mezquino que ca… Ah, tu mezquindad actual en manifestar emociones es una consecuencia por haberte avergonzado, las retenés como defensa ante cualquier intento de control y afirmar tu poder individual.

Con la plata sos así, juntás, juntás y no aflojás un peso, nunca un regalo, una invitación a comer. Que es el síndrome de Jouard Jiugs… no me hablés en difícil si sabés que no sé quién es ese fulano. Ahora creés que tenés la sartén por el mango y me refregás por la jeta* lo que salta en tu terapia froidiana.

Te crié como pude, sola, el viejo laburaba* de sol a sol arriba del taxi para darte un futuro y me venís a echar en cara tus me-ca-nis-mos. Sos una soberbia y las críticas que vomitás a borbotones es por toda la mierda que guardaste y que ahora me tirás encima porque la terapia te sirve de laxante.

Acepto mis errores, pero también reconocé que a pesar de lo que vos llamás humillaciones, tan mal no te fue en la vida, conseguiste un título, sos exitosa en la profesión, viajás y si no te casaste ni tenés pareja que dure ya es problema tuyo. Con el mal carácter, esos aires, y siempre teniendo que quedarte con la última palabra, no hay quien aguante.

¿No sabés decir te quiero porque nunca lo dije? Es cierto, no soy expresiva, el afecto lo demostré con acciones, valen más que las palabras, demasiadas veces dichas de la boca para afuera. Lo digo ahora: te quiero mucho hija, aunque seas una culo fruncido.



©  Mirella S.   — 2016 —

Glosario

Pelela: orinal.
Jeta: cara.
Laburar: trabajar



Es apenas un ejercicio sin pretensión literaria, para activar las neuronas . 





lunes, 16 de enero de 2017

Interregno

Imagen : Inés Rehberger 



Sabe que es una apátrida, se ha construido su propio país y está un poco loca, instalada en el invernadero estéril de sus horas, donde las flores dejaron de brotar y ahora crecen yuyos, hierbajos que emponzoñan sus mejores intenciones.

Sabe que hace ya un tiempo perdió el gobierno de su vida, que existe a su manera, de espaldas a una realidad que se está pudriendo como un inmenso fruto socavado por millones de tenias.

A los veinte años tenía la creencia de que el mundo era un espléndido diamante mal tallado y necesitaría de muchos expertos del arte de la lapidaria para que le extrajeran la magnificencia que albergaba. En sus convicciones, el paso de un diamante en bruto a un melón putrefacto, fue lento. Piera recién hoy puede ponerlo en esos términos porque toda ella es un grito fatigado, en el que se destacan algunas notas discordantes de chifladura.

Sabe que no hay certezas; se deben improvisar respuestas, acciones que apenas tapan agujeros y destapan otros. La humanidad entera camina sobre arenas movedizas. También sabe que hay pocas manijas, clavos, perchas o salientes a los que aferrarse. Cambian a cada rato o ella misma los aniquila por inservibles.

Cuando estamos bien de salud no nos planteamos esas cuestiones, vamos y actuamos —se dice. Hoy su estado de incertidumbre es permanente. Con cada latido merma el tiempo adicional que le proporciona la medicación.

Le están sucediendo cosas raras. Suele haber un goteo de lluvia dentro de su cabeza. Escucha el tintineo anestesiante con placer. La consecuencia es quedarse dormida de un momento para otro, sentada con un libro en la mano, a la mesa después de la cena o mirando una película.

En medio de ese sopor surgen personajes desconocidos, actores que participan en las metáforas absurdas organizadas por su subconsciente, para protestar o mostrar algo que Piera nunca entenderá.

Qué simbolizaba aquella mujer con cara de gitana, subida al techo de un tren antiguo. Trazaba jeroglíficos en el humo que envolvía a la locomotora, mientras gritaba: el destino está escrito en el idioma de los imposibles. Lo decía en una lengua extraña, que Piera comprendió como si fuese la propia.

O aquel otro sueño donde vio a sus pies un cuenco enorme de ónix en el que unos brotes, de un verde inigualable, intentaban asomarse por entre la sequedad de la tierra. Piera corrió a buscar un jarro, lo llenó de agua y regó las plantitas. Con horror comprendió que el agua estaba hirviendo y la lozanía de las hojas que la deslumbraran se había convertido en una pulpa parduzca. La tierra ávida la deglutió de un bocado.

No recuerda palabras, hechos cotidianos recientes, como si estuviera viviendo en un país de tinieblas o que nada de eso le hubiera ocurrido a ella. Ahora, en cambio, no se le olvidan los sueños ni las sensaciones que le dejan, a veces gratas, otras enigmáticas o atemorizantes.

Acaso haya dos Pieras: la que se desvanece en el mundo real y la que resurge en los sueños.


©  Mirella S.   — 2016 —

Imagen: Inés Rehberger




lunes, 9 de enero de 2017

Una reseña del libro "Apuntes..."

Foto: Mirella S.
Gavrí Akhenazi, 
un escritor amigo de gran talento, escribió esta magnífica reseña que les comparto. 
Me emocionó y fue un obsequio grato e inesperado 
en el cierre de un año particularmente duro.

Esta presentación, hecha desde una mirada experta y 
profunda, me hizo sentir que valió la pena todo el esfuerzo, las interminables correcciones, las dudas...

Todo mi agradecimiento, Gavrí.


*****


Como su autora, su libro.

Esa sería la frase inicial de un análisis sobre esta experiencia literaria que Mirella Santoro ha hecho llegar a mis manos.

Mientras leía sus relatos, imaginaba yo haber recibido uno de esos pájaros con los que ella define sus palabras.

Conforme se avanza en las diferentes propuestas que Santoro vuelca bajo el sugerente significante de “hojas perdidas”, ese pájaro, un hornerito fiel en un comienzo, trabaja sobre la mutación de su propio canto.

Como un pájaro, el libro posee la delicadeza inusual de su autora para elaborar lo poético y lo cotidiano como un tejido en el que una hebra lleva a la otra casi como una necesidad y de repente, en ese camino de trama, casi como un descuido, aparece cosida una perla, un instante de poesía pura y dura, estratégicamente impuesto al lector como un destello de luz que no se espera pero que está ahí, él sí, esperando por ese lector, con un disimulo avasallante.

Ya que lo verdaderamente valioso del libro es su contenido, la estética es sencilla aunque cuidadosa, con una elección de imágenes que insinúan subliminalmente el contenido del relato que encabezan, sin competir con él. Las imágenes son parte del relato y complementan la lectura desde un punto de vista visual que elabora lo afectivo, sin ruidos anexos ni explosiones de poder que aturdan la letra.

El equilibrio entre levedad y contundencia es una característica natural de la autora.

Las frases definen las situaciones sin ampulosidad, con absoluta ausencia de ese “horror vacui” tan distractivo como frondoso, que tantas veces termina por aniquilar la idea que intenta explicar.

En Mirella Santoro, vemos la ecuación opuesta: precisas y medidas palabras crean ideas complejas y llenas de riqueza conceptual y emotiva que producen un impacto estético notable. Hay un cuidadoso estudio de los sentimientos y sus reflejos en las construcciones semánticas, tan lejanas del grito y tan cercanas al susurro como puede ser un aroma, que, repentinamente, llega desde el aire a la memoria y nos regresa a un mundo insospechado.

La prosa de Santoro tiene, además de esa carga ineludible en la expresión de su yo femenino, una relación natural con el entorno que refleja.

No es un estilo que intente forzarse a sí mismo en la lucha por derrotar al lector, desafiándolo. Por el contrario, hay una suavidad que determina al lector a asumir la complicidad con lo que lee, a reflejarse en lo que lee, a sentirse en lo que lee.

Según dije al comienzo, a mis manos ha llegado un pájaro, un hornerito fiel.

Al cerrar el libro, en mis manos duerme un ave del paraíso. 




*****

Gavrí Akhenazi    http://lamaldadaparente.blogspot.com 


Foto: Mirella S.







miércoles, 28 de diciembre de 2016

Un regalo y feliz 2017


Nunca sentí interés en publicar un libro. El 2016 fue un año personalmente difícil y necesité tener un proyecto. Se me ocurrió armar esta recopilación de los textos más breves que publiqué en el blog.

La idea es que se lo lleven. Sin conocer bien cómo funciona, me aventuré a subirlo desde el sistema Issuu, espero que puedan. Si quieren verlo en pantalla completa, ir al cuadradito de abajo (Fullscreen). 


https://issuu.com/mirel3/docs/apuntes__en_hojas_perdidas


Que el 2017 sea para todos un año pleno de bondades . 
Gracias y abrazos.