miércoles, 22 de marzo de 2017

Desjuiciada

Imagen Benoit Courti


Obedientemente, al llegar a su casa y como le indicaran, la mujer se cambió el tapón de gasas que presionaba la herida. Salió un manojo empapado de un carmín brillante. Un río tibio y dulce fluyó por su boca. Ya tenía listo otro montoncito de compresas que aplicó con cuidado y sostuvo apretando las mandíbulas. Dejó pasar media hora y repitió la operación con el mismo resultado.

Cada tanto separaba los labios y el espejo le devolvía unos dientes de vampiro que acababan de morder a su víctima. Con un hisopo intentó inútilmente limpiarlos sin abrir demasiado la boca. Un hilito ya se le escapaba por una comisura. No debía ni escupir ni agacharse ni hacerse enjuagues o buches.

El riachuelo manaba suave y sin pausa, encharcando la cavidad bucal. Inclinó apenas la cabeza y un surtidor, de un rojo impertinente, desbarató la blancura del lavatorio. No hubo merienda ni cena, solo algunos sorbitos de agua corrompida por el gusto de la sangre.

Casi había agotado el stock de gasas que, famélicas, absorbían el rico jugo que brotaba de lo que parecía un cráter. El festín de Drácula seguía.

Llamó por teléfono para pedir instrucciones. Oyó el ring-ring que se prolongaba hasta un corte brusco. Ni el contestador salta, pensó ella, que se había acomodado el enorme tapón para emitir algún sonido coherente.

Y así hasta que llegó la noche.

Respiró su propio miedo, se vio pálida, puro ojos, los labios salpicados con grumos que se iban secando. Se recostó en varios almohadones, la cabeza erguida, rodeada de pañuelos de papel, las gasas restantes y un tazón como receptáculo de su líquido esencial. No apagó el velador; la soledad le dio un mordisco y le expandió la sensación de que era la única sobreviviente de un mundo en ruinas. Pronto también el dormitorio se derrumbaría.

Imaginó sus venas cada vez más finitas y se preguntó qué color toman las venas vacías. Le costaba mantener las mandíbulas tensas, le dolía el cuello, pero si las aflojaba y entreabría los labios se le meterían esos moscardones que rondaban cerca de su cara. Intentó formar una barrera con las manos. De dónde vendrían si todos los vidrios estaban cerrados. Emitían un zumbido monótono, adormecedor y ella luchó para que sus párpados no se bajaran como persianas vencidas.

Cuando volvió a abrirlos el sol doraba las paredes. Tenía la boca seca, amarga, quitó las gasas amarronadas, con la lengua tanteó en la encía superior el hueco que había quedado después de la extracción de la muela del juicio. No dolía y la hemorragia había cesado. Volvió la mirada hacia la mesita de luz: allí estaba el tazón con la sangre y unos moscardones flotaban entre islotes de coágulos.




©  Mirella S.   — 2016 —







miércoles, 15 de marzo de 2017

Las sandalias de oro y los guantes de seda



a Amadî

El príncipe Orlando por decisión de su madre, la reina Alba, vivía en un palacio en el interior de una rosa. Siempre había sido un niño con una salud muy frágil y Alba consultó al hada protectora de esa comarca, quien le dijo que debía conducirlo al palacio de mármol blanco, construido en el centro de un capullo de rosa.
Si permanecía allí, el príncipe viviría sano y joven para siempre y también aquellos que lo acompañaran. Alba temía envejecer, por lo tanto estuvo de acuerdo con las indicaciones del hada. Pidió a su esposo, el rey, que ordenara trasladar la corte entera al palacio de la rosa. Él, con gran tristeza, le dijo que no podía traicionar la palabra dada a sus súbditos el día que fue coronado. Debía quedarse.
Alba siguió adelante con la propuesta del hada. Preparó a Orlando, eligió la comitiva que los acompañaría y el hada los condujo a su nuevo destino.

Los años pasaron, el príncipe crecía fuerte y hermoso y Alba estaba contenta porque no había perdido su belleza ni su juventud. El niño le hacía muchas preguntas sobre qué había fuera del palacio. Alba le contestaba siempre que era mejor no saberlo, allá todo era horrible y cruel. Orlando no podía imaginarse ese mundo desgraciado que le describía la madre, él solo conocía la belleza, los juegos, las fiestas y la comodidad.
Sin embargo, esa vida empezó a resultarle monótona.
Tomó la costumbre de mirar por la ventana de su cuarto, a pesar de que veía siempre el mismo panorama: los pétalos blancos que envolvían el palacio. Un día los pétalos se movieron, como agitados por la brisa y Orlando pudo ver a lo lejos formas y colores desconocidos. Después la cortina de cerró y la blancura acostumbrada rodeó el palacio.
Desde ese momento Orlando se sintió inquieto: pensaba incesantemente en esos matices nuevos. El mundo era algo más que el corazón de la rosa donde vivía. Y como no sabía qué era envejecer ni enfermarse, no tenía miedo a lo que pudiera ocurrirle del otro lado.
Harto de suspirar y mirar por la ventana, no escuchó las súplicas de su madre y cubriéndose con un manto, salió del palacio. Cruzó varias capas de pétalos y, por fin, se encontró afuera.

Al recorrer el mundo aprendió lo que era malo y lo que era feo. Pero también encontró belleza y bondad y cada vez que le pasaban cosas buenas, las disfrutaba más, porque había conocido las desagradables.
De tanto viajar el manto se fue deshilachando, tuvo que trabajar para comer y en sus manos aparecieron callosidades. Al cruzar un arroyo de aguas límpidas, se vio por primera vez desde que había dejado el palacio: ya no era tan hermoso y su pelo estaba salpicado de hebras blancas.
En uno de sus viajes encontró a un anciano acostado a los pies de un árbol. Parecía muy enfermo, Orlando le dio un poco de agua y se detuvo a cuidarlo. El viejo, de vez en cuando, abría los ojos y murmuraba una única frase: las sandalias de oro y los guantes de seda. Cuando murió, Orlando lo cubrió con piedras y ramas y prosiguió su camino.

Llegó a una ciudad con edificios altos y grises. Sus habitantes caminaban apurados, con la vista fija en los adoquines de la calle. Los días que no trabajaban se iban al campo con linternas, lupas, picos y palas. Se ponían a cavar y revisaban cada terroncito de tierra, una y otra vez. Orlando pensó que con esos pozos destrozaban la hierba y las plantas.
Se acercó a un hombre y lo saludó.
—Qué maravilloso atardecer, nunca vi un cielo tan transparente ¿no le parece?
—¡No estoy para perder el tiempo en esas tonterías! —contestó el hombre de mala manera.
—¿Por qué cavan esos pozos, qué buscan? —preguntó Orlando.
El hombre, sin dejar de remover el pasto, le contestó:
—Las sandalias de oro y los guantes de seda.
Orlando recordó las palabras del viejo moribundo y siguió preguntando:
—¿Para qué sirven las sandalias de oro y los guantes de seda?
El hombre se pasó un pañuelo por la cara húmeda de sudor y lo miró con desconfianza.
—No soy de este país y no conozco las costumbres —le explicó Orlando.
—Quien encuentra las sandalias de oro será poderoso y rico para siempre y si también encuentra los guantes de seda será eternamente joven y hermoso.
—¿Cuántos pares de sandalias y de guantes hay? —preguntó Orlando.
—Cada uno tiene su par de guantes y de sandalias, sólo hace falta encontrarlos.
—Pero si los encuentra ¿cómo sabe que son los suyos y no los de otro?
—Únicamente yo podré ver mis sandalias y mis guantes, los de los demás son invisibles para mí.
—¿Alguien los encontró? —quiso saber Orlando, cada vez más interesado.
—Sí, sé de un hombre que encontró una sola sandalia y de una mujer que encontró un guante.
—¿Y qué les sucedió?
—El que encontró la sandalia se volvió rico, pero no tenía poder, tampoco la juventud ni la belleza. La que encontró el guante sería eternamente joven, pero le faltaba la belleza y ser rica y poderosa.
—Y entonces ¿qué van a hacer?
—Continuaremos buscando hasta el último minuto de vida o por toda la eternidad, si fuera necesario. Nadie descansará hasta no tener completos el par de sandalias de oro y los guantes de seda. 

Orlando se alejó pensativo. Recordó a su madre, que para no envejecer, prefirió quedarse encerrada en el interior del capullo de la rosa y se dijo que él había hecho bien en irse por el mundo. Ahora conocía el egoísmo, la codicia, la mentira, también había hallado generosidad, amor, gente honesta. Había disfrutado de la magnificencia de la naturaleza y descubierto la alegría de ser libre. En muchas oportunidades tuvo que juntar coraje para enfrentar situaciones difíciles. Había aprendido bastante de los errores propios y ajenos.
Se fue rápido de esa ciudad tan triste, donde sus habitantes desperdiciaban la vida detrás de una obsesión.
Siguió viajando por el mundo con la mente abierta, serena, dispuesto a descubrir cada día algo nuevo que floreciera en su alma.



©  Mirella S.   

Ilustración: Arthur Rackham

Es de cuando escribía cuentos infantiles... en el siglo pasado.
Espero no se aburran.

Abrazos para todos.


lunes, 6 de marzo de 2017

Hálito de viento oscuro




El leitmotiv de un tiempo sin horas es doblar por algunos de los múltiples ángulos y enfrentar un túnel. Ella es un tizne más que se confunde con otros que se ignoran. En las primeras épocas captaba formas, a veces ojos en los que aún vibraba alguna llama o ya, irremediablemente, vueltos cenizas. De a poco, la fisonomía particular de cada uno, fue diluyéndose en deformaciones de materia muerta.

Sabe que también se desintegrará, es el destino de todos los que habitan el país subterráneo. Apenas si queda un punto, un rastro brumoso, una nostalgia de lo que han sido. Aquello que subsiste es el dolor, sus nervaduras no se alisan, al contrario, se engrosan e impulsan al desplazamiento por los túneles. El agobio del dolor marca la hoja de ruta a ninguna parte.

Moverse resulta mejor que estarse quietos en un rincón. En ese mundo se borran los deseos, pero en ella habita uno que le otorga un halo que en muchos se ha extinguido. Ella irradia una tenue aureola de esperanza, como una constelación turbia que se resiste  a desaparecer en la profundidad de la nada.

Por momentos se detiene para escuchar si le llega el eco redentor de su risa o el ritmo de sus canciones. Antes de que ella cerrara los ojos definitivamente, lo último que oyó fue su voz, como de vidrio quebrado, que le prometía remover cielo y tierra hasta encontrarla y llevarla de nuevo a la luz. Él utilizará su talento, cautivará a quien fuera con su música, extrayendo las notas más exquisitas que le abrirán todas las puertas.

En su deambular, ha encontrado una claridad impura que, trabajosamente, interrumpe la penumbra que ya la constituye. Aunque nadie hable hay reglas, advertencias que se conocen como si estuvieran escritas dentro de las sombras que son. Ella sabe que es un umbral por el que ingresan los nuevos y lo ronda con asiduidad.

En cuanto oiga las notas órficas del saxo, la melancolía de un blues, ella reunirá los retazos de niebla de la que está hecha y lo esperará del otro lado de la entrada.

Pero no hay relojes para medir el tiempo, es un segmento ininterrumpido, siempre igual a sí mismo.

Y antes nunca nadie ha salido.

Cuando en ese presente infinito comprende esa ley, decide apartarse del portal. Aún perduran en ella los restos de la posesión. Ya no lo ama, su único anhelo es irse y él, con su promesa la ha mantenido en un plano imposible de seguir sosteniendo.

No lo ama, no puede, no tiene con qué. No desde la agonía del recuerdo  —cada vez menos nítido— de su cuerpo, de su música que le extasiaba el alma.

Comienza a apartarse del hueco rojizo, busca los túneles más lejanos. Si él viene a rescatarla no la debe encontrar. Es solo un hálito helado de viento oscuro.



©  Mirella S.   — 2017 —





miércoles, 1 de marzo de 2017

Vicente Antón Vives: poeta




Hice el montaje de este video con el poema que Vicente Antón Vives (Tin) le dedica a otro amigo poeta, Manuel Martínez Barcia, fallecido hace dos años.

Un abrazo querido Tin.


 Manu-al del buen poeta

Te recuerdo y recuerdo tu nombre
en el reposo de los años bisiestos,
en las hojas y en las letras y en los libros
que inspiraban el amor imposible.

Te auguro como un comienzo
naciéndonos entre finales inertes,
minúsculo de versos y oraciones
brotando a ciegas de la nada.

Vuelves a todas horas y repito
el deseo imparable de parecerme a ti
en los ojos que lloraban por las lágrimas
de los más inocentes.

Eras de pájaros espesos y olvidados
y de golondrinas eran tus pies, y tu boca
era una jaula abierta al mar de los que creen
y enredada de orillas.

Una gruta de estalactitas escondiéndose del aire,
procurando alzarse entre las grietas del hombre.
Una gruta enrarecida y blanca como una neblina de cal
y de ensoñaciones. 

La larga e imborrable senda que camino
cuando quiero ser feliz al recordarte
entre mujeres rubias y mujeres de dientes blancos
como el beso del dolor en la mejilla,
y en la frente.

Te devuelvo al mundo de los creados
un día oscuro de Lunas y de sombras esparcidas.
Te devuelvo completamente limpio y desinfectado
y cubierto de esa capa finísima de niño bueno,
de soldadito de plomo sin guerra y sin traiciones,

para que sigas jugando conmigo a la muerte.


©   Vicente Antón Vives

©  Mirella S.   — 2017 —